En esta época tan marcada por el calendario es casi imposible no entrar en contacto con el paso del tiempo. Reuniones con personas que no vemos desde las Navidades pasadas, familiares y amigos con los que ya no podemos reunirnos, un año que se acaba y otro que empieza. Todos estos factores nos arrojan hacia la finitud de nuestra condición humana, de los años, de las relaciones y de nosotros mismos.
Es una época que no deja indiferente a nadie, son fechas muy señaladas en las que los cambios del último año se ponen de relevancia. Se hacen inescapables cuando tenemos que contestar a esas personas que no vemos desde hace un año ¿qué es de tu vida? Estas fechas nos invitan a revisarnos y evaluar nuestros últimos 365 días.
El tiempo no para, al acabar el 31 ya tenemos otros 365 días por delante. Estas fechas también nos arrojan a un futuro, que desde el presente aún es incierto. Nos ponemos nuevos objetivos, retomamos aquellos que abandonamos, o seguimos viviendo como si no hubiese pasado el tiempo, como si no se fuese a acabar.
Tomar conciencia del tiempo puede ser a partes iguales agradable y desagradable. El tiempo que ya pasó es una despedida y también un aprendizaje que está con nosotros, mientras que el que está por venir es incierto y una oportunidad para mejorar. La conciencia del tiempo nos deja un sabor de boca ambigüo e incómodo, que nos gustaría incluso evitar. Por ello, estas fechas también son para muchos, fechas de excesos, apariencias o aislamiento, todo ello para tratar de escapar al inevitable paso de los años.
Tomar conciencia de los aciertos y errores del último año nos da información muy valiosa acerca de qué es importante para nosotros. ¿De qué nos arrepentimos? ¿Qué habríamos podido haber hecho mejor? ¿Qué cosas no se podrían haber evitado? Reflexionar sobre nuestros errores también abre la puerta a nuestro propio perdón.
Como todos sabemos, muchos de los objetivos que empezamos en enero se van desvaneciendo conforme pasan los meses. Y aun así son beneficiosos. Tener objetivos nos pone en caminos significativos para nosotros mismos, nos abre nuevas posibilidades, motivaciones y experiencias. De hecho, lo más beneficioso de los objetivos ni siquiera es conseguirlos, eso satisfacción dura muy poco, sino el camino que recorremos hasta alcanzarlos. El miedo a no conseguir eso que queremos es lo que muchas veces nos lleva a la inacción, el miedo nos convence de que es mejor no decidir, no hacer, no empezar. Y siempre que le damos la razón al miedo, perdemos.
Aprovechemos estas fechas para mirarnos, reconocer errores, aciertos y descubrir qué nos gustaría ver de nosotros al acabar el 2026.


