Cuando nuestros seres queridos entran en la última etapa de la vida ponemos en marcha todo un proceso orientado a cuidarles y protegerles que suelen mezclarse con actitudes paternalistas. Dichas actitudes consisten en acercarnos a esta etapa del ciclo vital de la misma manera que nos acercamos a la infancia. Ejemplo de ello sería usar un tono de voz infantil, tomar decisiones por ellos o corregirles constantemente.
Tanto en la infancia como en la vejez aparecen conductas que, a priori, pueden parecer idénticas: la aparición de miedos “injustificados”, la sensación de vulnerabilidad o la necesidad de asistencia en actividades básicas son algunas de ellas. Esta aparente similitud realmente esconde grandes diferencias, puesto que la función o el origen de estas conductas son totalmente diferentes en una etapa que en otra.
La principal diferencia es el motivo detrás de las conductas de unos y de otros. En la infancia, ciertas capacidades aún no se han desarrollado o aprendido. En la vejez, algunas capacidades (como el lenguaje, la memoria o las habilidades numéricas) ya han sido aprendidas, pero pueden haberse deteriorado. Otras capacidades, sin embargo, se mantienen intactas e incluso se fortalecen (como el conocimiento acumulado a lo largo de la vida). Esto afecta directamente al objetivo que debemos tratar de conseguir en nuestra interacción con unos o con otros. Cuando interactuamos con un niño, tratamos de enseñar o corregir con el objetivo de que aprenda algo. Con una persona mayor, nuestra función será acompañarlo en su proceso y ayudarle, en la medida de lo posible, a que compense el deterioro o la ausencia de una habilidad, cuando lo haya.
Cada persona es única por sus experiencias y aprendizajes, y esto no cambia en la vejez. La persona mayor con la que interactuamos tiene su propia historia de vida y sus propios aprendizajes. Infantilizar a un mayor implica no tener esto en cuenta y no respetar sus decisiones ni su contexto, así como asumir que necesita asistencia y cuidados en momentos que quizás no los necesita. Debemos relacionarnos con nuestros mayores como los adultos que son, mostrarles que los escuchamos y que respetamos su autonomía y su capacidad de decisión. Para ello, será fundamental que preguntemos antes de actuar, que escuchemos sus opiniones y que respetemos sus tiempos y espacios.
Una interacción amable, cercana y personal favorecerá la autoestima de la persona y su valía personal. Por el contrario, un trato infantil favorecerá la aparición de emociones como el enfado o la frustración al verse ignorados y sustituidos en la toma de decisiones.
















