Podemos definir los valores como reglas de conducta, es decir, verbalizaciones que guían el modo en el que nos comportamos. El sentido de deber asociado a estas normas es subjetivo y depende del compromiso, no solo con el valor, sino con nosotros mismos.
No se trata de pensar en los valores como guías que elegimos como si fuesen productos de un catálogo. Sino que, son normas de conducta alineadas con lo que ya somos. Por ejemplo, si tengo especial sensibilidad hacia los animales (algo que no elijo) un valor alineado con mis características puede ser tratarlos bien. Asimismo, este valor se concreta en acciones de cuidado hacia los animales como por ejemplo darles de comer.
Como adelantábamos, no elegimos con total libertad los valores alineados con nuestra persona. Igual que no elegimos muchas cosas de nosotros mismos. Sin embargo, la filosofía de la moral ha tratado estos asuntos planteando distintos criterios con los que guiar nuestras elecciones.
Por ejemplo, el imperativo categórico kantiano establece que una acción solo es moralmente correcta si podemos desear que la máxima que la rige se convierta en una ley universal aplicable a todas las personas. Este tipo de reglas nos ayudan a guiar nuestra conducta, especialmente, ante dilemas o conflictos.
En ocasiones, se vuelve realmente complejo saber cómo actuar. Especialmente, en situaciones de alta intensidad emocional, es fácil que el miedo se ponga al volante de nuestras decisiones. Y esto, nos lleva a incurrir en conductas que a menudo solo nos hacen sentir peor.
Por ejemplo, podemos mentir para evitar un conflicto con una persona importante para nosotros. Todo para evitar el miedo que nos genera esa situación (o al menos, cómo la pensamos). Y entonces, ya tendremos dos problemas donde en un inicio teníamos uno.
Tener nuestros valores claros nos ayuda a comprometernos con acciones que pueden asustar mucho, como en algunos casos decir la verdad. Comprometernos con lo que consideramos realmente importante y no solo con nuestras emociones, nos ayuda a dirigir nuestra vida con mayor libertad. La autonomía que se nos devuelve no cae en saco roto sino que contribuye a fortalecer nuestro autoconcepto y a mejorar nuestra autoestima.
El primer paso para comprometernos con nosotros es conocer el tipo de compromiso que queremos tener. ¿Qué persona nos gustaría ser? A pesar de no haberlo sido siempre. ¿Qué relaciones queremos tener? ¿Qué queremos poner al volante de nuestras vidas? ¿Nuestras emociones o a nosotros mismos?
















